EL ORIGEN DEL GUARDIÁN DEL GRIMORIO PROHIBIDO
Antes de que el mundo aprendiera a nombrar a los dioses, antes de que la muerte tuviera un rostro comprensible, existió un libro que no debía ser leído.
No fue escrito con tinta, sino con juramentos rotos, con piel ofrecida en silencio y con palabras arrancadas de la garganta de los espíritus antiguos. A ese libro se le llamó el Grimorio Prohibido… y a él fue atado un guardián.
El guardián no nació: fue elegido.
Pertenecía a una estirpe olvidada, una tribu que creía que el cuerpo era un templo donde los muertos aún podían hablar. Desde niño, su piel fue marcada con símbolos que no significaban nada para los vivos, pero lo decían todo a los que habitaban más allá del velo.
Cada tatuaje era una puerta.
Cada cicatriz, un pacto. Sus trenzas no eran ornamento, sino nudos de memoria: en cada una se encerraba el nombre de un ancestro que se negaba a desaparecer.
La noche del ritual final, los ancianos encadenaron su alma antes que su carne.
El Grimorio reposaba en el centro del círculo, respirando.
Sí, respirando. Sus páginas se abrían solas, exhalando un aliento antiguo que apagaba el fuego y encendía el miedo.
Aquel que lo tocara sin preparación perdería la cordura, la sombra o algo peor: el derecho a morir.
El elegido colocó sus manos sobre la cubierta.
Y el libro lo miró de vuelta.
Sus ojos cambiaron primero.
Ya no reflejaban el mundo, sino lo que el mundo se niega a ver. Vio ciudades tragadas por dioses hambrientos, reyes rezando a entidades sin nombre, y lectores que, al pasar una sola página, quedaban atrapados eternamente entre un pensamiento y el siguiente. El Grimorio le mostró su verdad: no necesitaba un lector… necesitaba un carcelero.
Las cadenas que ahora cubren su cuerpo no fueron forjadas por hombres.
Cada eslabón es una promesa: mientras el guardián respire, el libro no caminará libre. Los cráneos que cuelgan de su cuello no son trofeos, sino advertencias. Fueron guardianes anteriores. Fallaron.
Él recuerda cómo gritaron cuando el libro les susurró su verdadero nombre.
Desde entonces, el guardián no duerme como los humanos.
Sueña con voces que imploran ser liberadas y con lectores futuros que creen estar preparados.
A veces, el Grimorio tiembla entre sus brazos, intentando convencerlo.
Le promete olvido. Le promete descanso. Le promete volver a ser humano.
Pero el precio ya fue pagado.
Si alguna vez encuentras al guardián
—con la mirada baja, abrazando el libro como si fuera un corazón ajeno— no le hables.
No le preguntes. No intentes leer. Porque el Grimorio sabe cuándo es observado… y siempre está buscando un nuevo nombre para escribirlo en su próxima página.
Y si sientes que esta historia te observa mientras la lees, ya es demasiado tarde.
El libro te ha notado.
Autor Steven Anillo & Misterios Ocultos
Derechos de Autor Propiedad Intelectual
Antes de que el mundo aprendiera a nombrar a los dioses, antes de que la muerte tuviera un rostro comprensible, existió un libro que no debía ser leído.
No fue escrito con tinta, sino con juramentos rotos, con piel ofrecida en silencio y con palabras arrancadas de la garganta de los espíritus antiguos. A ese libro se le llamó el Grimorio Prohibido… y a él fue atado un guardián.
El guardián no nació: fue elegido.
Pertenecía a una estirpe olvidada, una tribu que creía que el cuerpo era un templo donde los muertos aún podían hablar. Desde niño, su piel fue marcada con símbolos que no significaban nada para los vivos, pero lo decían todo a los que habitaban más allá del velo.
Cada tatuaje era una puerta.
Cada cicatriz, un pacto. Sus trenzas no eran ornamento, sino nudos de memoria: en cada una se encerraba el nombre de un ancestro que se negaba a desaparecer.
La noche del ritual final, los ancianos encadenaron su alma antes que su carne.
El Grimorio reposaba en el centro del círculo, respirando.
Sí, respirando. Sus páginas se abrían solas, exhalando un aliento antiguo que apagaba el fuego y encendía el miedo.
Aquel que lo tocara sin preparación perdería la cordura, la sombra o algo peor: el derecho a morir.
El elegido colocó sus manos sobre la cubierta.
Y el libro lo miró de vuelta.
Sus ojos cambiaron primero.
Ya no reflejaban el mundo, sino lo que el mundo se niega a ver. Vio ciudades tragadas por dioses hambrientos, reyes rezando a entidades sin nombre, y lectores que, al pasar una sola página, quedaban atrapados eternamente entre un pensamiento y el siguiente. El Grimorio le mostró su verdad: no necesitaba un lector… necesitaba un carcelero.
Las cadenas que ahora cubren su cuerpo no fueron forjadas por hombres.
Cada eslabón es una promesa: mientras el guardián respire, el libro no caminará libre. Los cráneos que cuelgan de su cuello no son trofeos, sino advertencias. Fueron guardianes anteriores. Fallaron.
Él recuerda cómo gritaron cuando el libro les susurró su verdadero nombre.
Desde entonces, el guardián no duerme como los humanos.
Sueña con voces que imploran ser liberadas y con lectores futuros que creen estar preparados.
A veces, el Grimorio tiembla entre sus brazos, intentando convencerlo.
Le promete olvido. Le promete descanso. Le promete volver a ser humano.
Pero el precio ya fue pagado.
Si alguna vez encuentras al guardián
—con la mirada baja, abrazando el libro como si fuera un corazón ajeno— no le hables.
No le preguntes. No intentes leer. Porque el Grimorio sabe cuándo es observado… y siempre está buscando un nuevo nombre para escribirlo en su próxima página.
Y si sientes que esta historia te observa mientras la lees, ya es demasiado tarde.
El libro te ha notado.
Autor Steven Anillo & Misterios Ocultos
Derechos de Autor Propiedad Intelectual
EL ORIGEN DEL GUARDIÁN DEL GRIMORIO PROHIBIDO
Antes de que el mundo aprendiera a nombrar a los dioses, antes de que la muerte tuviera un rostro comprensible, existió un libro que no debía ser leído.
No fue escrito con tinta, sino con juramentos rotos, con piel ofrecida en silencio y con palabras arrancadas de la garganta de los espíritus antiguos. A ese libro se le llamó el Grimorio Prohibido… y a él fue atado un guardián.
El guardián no nació: fue elegido.
Pertenecía a una estirpe olvidada, una tribu que creía que el cuerpo era un templo donde los muertos aún podían hablar. Desde niño, su piel fue marcada con símbolos que no significaban nada para los vivos, pero lo decían todo a los que habitaban más allá del velo.
Cada tatuaje era una puerta.
Cada cicatriz, un pacto. Sus trenzas no eran ornamento, sino nudos de memoria: en cada una se encerraba el nombre de un ancestro que se negaba a desaparecer.
La noche del ritual final, los ancianos encadenaron su alma antes que su carne.
El Grimorio reposaba en el centro del círculo, respirando.
Sí, respirando. Sus páginas se abrían solas, exhalando un aliento antiguo que apagaba el fuego y encendía el miedo.
Aquel que lo tocara sin preparación perdería la cordura, la sombra o algo peor: el derecho a morir.
El elegido colocó sus manos sobre la cubierta.
Y el libro lo miró de vuelta.
Sus ojos cambiaron primero.
Ya no reflejaban el mundo, sino lo que el mundo se niega a ver. Vio ciudades tragadas por dioses hambrientos, reyes rezando a entidades sin nombre, y lectores que, al pasar una sola página, quedaban atrapados eternamente entre un pensamiento y el siguiente. El Grimorio le mostró su verdad: no necesitaba un lector… necesitaba un carcelero.
Las cadenas que ahora cubren su cuerpo no fueron forjadas por hombres.
Cada eslabón es una promesa: mientras el guardián respire, el libro no caminará libre. Los cráneos que cuelgan de su cuello no son trofeos, sino advertencias. Fueron guardianes anteriores. Fallaron.
Él recuerda cómo gritaron cuando el libro les susurró su verdadero nombre.
Desde entonces, el guardián no duerme como los humanos.
Sueña con voces que imploran ser liberadas y con lectores futuros que creen estar preparados.
A veces, el Grimorio tiembla entre sus brazos, intentando convencerlo.
Le promete olvido. Le promete descanso. Le promete volver a ser humano.
Pero el precio ya fue pagado.
Si alguna vez encuentras al guardián
—con la mirada baja, abrazando el libro como si fuera un corazón ajeno— no le hables.
No le preguntes. No intentes leer. Porque el Grimorio sabe cuándo es observado… y siempre está buscando un nuevo nombre para escribirlo en su próxima página.
Y si sientes que esta historia te observa mientras la lees, ya es demasiado tarde.
El libro te ha notado.
Autor Steven Anillo & Misterios Ocultos
Derechos de Autor ©️ Propiedad Intelectual